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7 de mayo de 2026

Retomar cosas que me hacían feliz

Retomar cosas que me hacían feliz

Hay proyectos que uno deja a medias no porque se hayan agotado, sino porque la vida —o más bien, la idea de lo que se supone que debe ser la vida— los fue empujando poco a poco hacia un cajón. No con brusquedad. Con esa gentileza tramposa de las responsabilidades que sí importan.

A mis 21 años empecé a construir algo que me hacía genuinamente feliz: crear, mostrar, recomendar, colaborar. Ese tipo de felicidad sencilla y honesta que no necesita justificarse ante nadie. Pero estudié Derecho Ambiental, y con eso vino todo un ecosistema de expectativas —valga la metáfora. Una carrera que no elegí por accidente: elegí defender lo que me rodea, y quien vive en Guanacaste sabe exactamente de qué hablo. El Pacífico, los bosques secos, las cuencas, la tierra que respira diferente aquí. Había algo urgente en ese llamado, y le respondí.

Con eso vino la lista. Larga, necesaria, a veces agotadora. Pasos que tenían sentido, compromisos que valían la pena, cosas que "una debía hacer." Y los fui cumpliendo. Uno por uno, con disciplina y con propósito real.

Pero en algún punto entre los artículos académicos, los expedientes y las obligaciones que una construye en sus veintes, me fui alejando de algo que también era completamente mío.

Ese algo tiene nombre: Heartmade.

Empezó, como muchas cosas buenas, de forma humilde y un poco ridícula: pintando cosas de Pinterest. Sí, esas. Las que uno ve y piensa yo puedo hacer eso y a veces sale bien y a veces no tanto, pero en las dos opciones se aprende. De ahí vino la cerámica, que me enseñó que hay una paciencia muy particular en trabajar con las manos y con materiales que tienen su propio carácter. Luego llegó la bisutería —y ahí algo hizo clic. Encontré un lenguaje que sentía mío: las piezas pequeñas, el detalle, lo que se puede poner alguien encima y que cuente algo sin decir nada.

Ahora mezclo la bisutería con crochet, y esa combinación es probablemente la que mejor me representa: estructura y textura, rigidez y suavidad, algo que dura y algo que abraza. Cada pieza es un poco experimento, un poco intuición, un poco de lo que andaba dando vueltas en mi cabeza ese día.

Y como buena Sagitario que soy —impaciente, curiosa, con las maletas siempre medio listas— también me gusta vender, intercambiar, recomendar. Me voy encontrando cositas en los viajes, en mercados, en conversaciones con amigos que están igual que yo: en el hustle creativo, construyendo algo propio con las manos y con las ganas. Con algunos colaboro directamente, con otros simplemente me inspiro, y en todos los casos hay algo hermoso en esa red de gente que hace cosas bonitas porque sí, porque no puede no hacerlo.

Pero Heartmade no es lo único que cambió.

En algún momento del camino también le abrí la puerta al movimiento de una forma que no esperaba. Empecé con la escalada —primero en sala, controlada, técnica, aprendiendo a leer las rutas como si fueran argumentos que hay que seguir con lógica— y luego al aire libre, que es una conversación completamente distinta con el cuerpo y con el entorno. La roca no perdona los atajos. Y eso, curiosamente, me gusta.

También buceé. Y el buceo hizo lo que pocas cosas logran: callarme la cabeza por completo. Hay algo en estar bajo el agua, rodeada de un mundo que funciona con sus propias reglas y su propia belleza silenciosa, que reordena las prioridades de una manera que ningún retiro ni ningún podcast ha logrado igualar. Probablemente van a ver algo de esto por aquí también, porque hay cosas que simplemente no se pueden guardar.

Y hubo otro cambio, más cotidiano pero igual de profundo: me pasé al veganismo. No lo digo para convencer a nadie ni para abrir un debate —hay espacio suficiente en el mundo para esas conversaciones y este no es ese espacio, al menos no siempre. Pero sí forma parte de quién soy ahora, de cómo pienso lo que como, lo que compro, lo que hago. Así que no se sorprendan si de vez en cuando aparece una receta, un restaurante, un producto, una reflexión desde ese lugar.

Y el ambiente. El ambiente siempre.

Eso nunca lo voy a dejar, porque no es solo lo que estudié —es lo que creo, es la razón por la que elegí una carrera que no siempre es fácil ni popular ni bien pagada pero que tiene un propósito que se sostiene solo. Sigo defendiendo desde mi trinchera, con las herramientas que tengo y desde el lugar donde estoy. Eso no cambia. Cuenten conmigo para eso.

Solo que en el medio, mientras tanto, entre un expediente y el siguiente, también les puedo hacer un collar muy bonito o un top a crochet que van a querer ponerse de inmediato.

Así que esto es eso: un poco de todo, aquí y allá, desde Liberia, desde Guanacaste, desde esta esquina del mundo extraordinaria que pocas veces se cuenta bien. Sin categoría fija, sin formato rígido, sin disculpas.

Bienvenidos al desorden bonito.